Criar más ovejas neozelandesas para vencer al cambio climático, la demencial propuesta de Real Climate

Ovejas en una pradera de Waikato (Nueva Zelanda). Fotografía de Gabriel Peter

Criar más ovejas neozelandesas para vencer al cambio climático, la demencial propuesta de Real Climate Ahora mismo el consenso está claro: el cambio climático está fuertemente relacionado con las emisiones de dióxido de carbono debidas a la actividad humana. Vamos, que somos responsables y, como las consecuencias económicas, sanitarias y para la biodiversidad son muy graves, más nos vale aceptar esa evidencia y ponerle remedio antes de que la cosa se caliente todavía más. Eso es así y conviene dejarlo claro. No obstante… ¿y si estuviéramos equivocados? La publicación Real Climate ha compartido un artículo que resume la investigación de un prestigioso veterinario neozelandés, el doctor Ewe Noh-Watt. Y que sea veterinario tiene su relevancia, porque sus estudios apuntan a un claro culpable del cambio climático: las ovejas. Huelga decir que el trabajo de Ewe Noh-Watt no cuenta con el menor respaldo entre los expertos en climatología y, para qué engañarse, tampoco parece haberles importado mucho a los veterinarios ni a los criadores de ovejas. “¿Por qué debería importarte a ti?”, te preguntarás. ¿Qué tiene de especial un 28 de diciembre para que debas preocuparte por las ovejas neozelandesas? Bueno, es nuestro deber dirimir quién es el inocente aquí, si las ovejas o tú (y el resto de los humanos, por supuesto). Y, lo que es más importante incluso: es una excusa perfecta para hablar del efecto albedo y los bucles de retroalimentación positiva o, como se dice a pie de calle, “la pescadilla que se muerde la cola”. Un futuro más oscuro Lo que propone Ewe Noh-Watt, según Real Climate, es tan sencillo y rotundo que parece mentira. Los rebaños de ovejas de Nueva Zelanda están disminuyendo y eso disminuye el albedo del planeta, que se calienta. Pero para comprenderlo tenemos que empezar recordando qué es el albedo. Todos sabemos que, al sol, los objetos más oscuros se calientan más. De hecho, son más oscuros porque en ellos rebota menos luz, la atrapan y retienen su energía calorífica. En resumen: cuanto menos blanca sea la superficie de la Tierra más luz retendrá y más se caldeará, contribuyendo al calentamiento global. Hasta aquí no hay nada nuevo, solo consenso. Ahora pensemos en las ovejas, o más concretamente, en las ovejas de Nueva Zelanda. En esa isla ha llegado a concentrarse el 5% de todas las ovejas del mundo. Concretamente, en 1982, había 5 ovejas por cada neozelandés, pero desde entonces los rebaños han ido menguando. Pues bien… la lana de estas ovejas es blanca y, si ahora hay menos ovejas cubriendo las praderas de la isla, habrá menos blanco salpicado en ellas y, por lo tanto, serán más oscuras, retendrán más luz y se calentará la tierra. Eso es lo que parece proponer el doctor Noh Watt. El veterinario incluso adjunta gráficas de esta relación que para que resulten más ilustrativas, ha manipulado ligeramente. Pero no acaba aquí su propuesta. De ovejas, jerséis y el mercado, amigo Como adelantábamos, el doctor también propone un mecanismo de retroalimentación positiva, un concepto que la ciencia del clima conoce bien. Por ejemplo, no cabe la menor duda de que, al calentarse el planeta y fundirse los casquetes polares, la superficie terrestre se vuelve menos blanca y, por lo tanto, más oscura. Eso significa que retiene más luz, que contribuye a calentarlo y a fundir todavía más los casquetes, oscureciéndolo otro poco y volviendo a empezar un bucle que se sostendrá a sí mismo en el tiempo. Según Ewe, con las ovejas ocurre lo mismo. Cuantas menos ovejas, más se calienta el planeta, eso hace que se compren menos jerséis de lana y que, al bajar la demanda, se críen menos ovejas, oscureciendo la superficie terrestre, con lo que cerramos el bucle. Si Ewe estuviera en lo cierto (y se equivocara la totalidad de expertos climáticos), Nueva Zelanda llevaría años luchando una guerra inexistente. Ahora mismo, la evidencia científica más firme indica que el ganado contribuye a las emisiones de gases de efecto invernadero con sus flatulencias y eso ha inspirado un programa de ingeniería genética que lleva en marcha desde 2008. El país ha puesto muchos esfuerzos en criar una variedad de ovejas neozelandesas bajas en emisiones de metano, seleccionando generación tras generación a las que producían menos gases de efecto invernadero en su tubo digestivo. Pero, siendo cautos, lo más probable es que Ewe se equivoque y el ganado contribuya al cambio climático con sus ventosidades y no por su mengua. Sobre todo, porque el artículo es una inocentada, y no me refiero a este, que en todo momento ha sido estrictamente sincero (puedes releerlo si quieres), sino al texto original publicado en Real Climate. El doctor Ewe Noh-Watt no existe, el albedo de las ovejas no es significativo para el cambio climático y Nueva Zelanda hace muy bien criando ovejas menos contaminantes. Pero, si no te habías dado cuenta hasta ahora, feliz día de los inocentes, y no te hagas mala sangre, que, a lo tonto, has aprendido algo nuevo. REFERENCIAS: “The Sheep Albedo Feedbacki.” Real Climate, [www.realclimate.org], 2007. Rykers, Ellen. “How New Zealand is reducing methane emissions from farming.” BBC, [www.bbc.com], 15 Dec. 2023.

Las mentiras de Chernobyl

Portada de la serie "Chernobyl" en HBO

Las mentiras de Chernobyl Era 3 de junio de 2019, pero para más de un millón de personas volvía a ser 1986 en Ucrania. Con la mirada fija en televisores, teléfonos y ordenadores, sus corazones latían al ritmo de la historia. Las emociones acumuladas durante los fotogramas no tardaron en detonar en las redes. Tan pronto como el fundido en negro dio paso a los créditos, los dedos de los telespectadores comenzaron a teclear instintivamente. Había demasiadas cosas que decir, demasiadas emociones. La tormenta fue de loas a héroes caídos en Chernóbil y de admiración hacia los artistas que habían dado a luz a aquel fenómeno audiovisual, pero en ella también había bilis. Comentarios agresivos hacia los monstruos retratados en la historia y hacia un sistema político ya muerto, sin embargo, entre tanta crítica justificada hubo otro tema que destacó: el miedo. Y no hablo del temor a gobiernos corruptos o a la desinformación, me refiero a un claro pavor a la energía nuclear. ¿Acaso podemos culparles? Esos tuiteros asustados acababan de consumir el quinto capítulo de Chernobyl, una serie espectacular y relativamente rigurosa con la historia, la política y la ingeniería que la cosen. Sin embargo, algo enturbiaba esa “perfecta” gema de la pequeña pantalla. Parece que las reservas de rigor son limitadas y cuando se agotan se agotan. No dio para todo y la medicina se llevó la peor parte. Craig Mazin, el creador de la serie nos ofrece una serie de sucesos médicamente delirantes que tienen más que ver con una superproducción postapocalíptica que con la realidad. Chernobyl es maravillosa, primer aviso Posiblemente algunos creáis que estoy siendo excesivamente duro, pero vayamos por partes. Antes de nada, dejad que deje claro que soy uno de esos huérfanos de Juego de Tronos que se han aferrado con pasión a esta nueva serie que HBO nos ha ofrecido. Chernóbil me ha encantado y creo que sus creadores merecen un lugar en la historia de las series, pero eso no quita que tenga que ser crítico con lo que realmente se ha hecho mal. Que esté escuchando ahora mismo en bucle la banda sonora que Hildur Gudnadóttir compuso para la serie no quiere decir que todo me tenga que parecer maravilloso y purísimo. Sobre todo, porque los errores no son detalles irrelevantes, sino exageraciones y bulos que llegan incluso a malograr el verdadero mensaje de los creadores de la serie. En Chernobyl los malos no son los isótopos radiactivos, lo es un gobierno corrupto y opaco hasta la paranoia. Ese es el verdadero mensaje, pero cuando los efectos de la radiactividad se vuelven dignos de una película de zombis despertamos en los espectadores un miedo histórico a la palabra “nuclear” que vuela por los aires todo viso de racionalidad. El terror está servido y la crítica política pasa a un frío segundo plato. Las cosas claras y el uranio enriquecido Chernobyl narra una realidad: el accidente más grave ocurrido en la historia de las centrales nucleares. En él, una serie de temeridades gubernamentales y malas decisiones humanas llevaron a la explosión de uno de los reactores de la central nuclear. La explosión dejó expuesto material radiactivo que llegó prácticamente a toda Europa. A lo largo de los capítulos podemos ver cómo esa radiactividad afecta a los trabajadores de la central, los héroes que trataron de controlar la situación y la población general, concretamente los habitantes del Prípiat, el pueblo dormitorio de la central nuclear, situado a 3,5 Km de los reactores. Es cierto que todavía desconocemos mucho sobre los efectos de la radiactividad en el cuerpo humano. Por ejemplo, no sabemos que, si existe un nivel por debajo del cual el riesgo sea cero, o si, por el contrario, por bajo que sea, todo nivel de radiactividad implica un riesgo. Sin embargo, hay cosas que sí sabemos. Se han descrito los efectos agudos de la radiactividad. Para valores superiores a los 400 mSv podemos ver consecuencias a corto plazo como algunas de las que nos muestran en la serie: mareos, vómitos, inflamación de la piel, etc. Todo esto se produce principalmente porque las partículas radiactivas “matan” las células que conforman tu cuerpo, por ejemplo, al destruir las células de tu médula ósea se reduce la producción de glóbulos rojos y blancos, produciendo en consecuencia anemias e inmunodepresiones. Al destruir los enterocitos que recubren por dentro tu tubo digestivo, este absorberá peor los nutrientes contribuyendo a la deshidratación del paciente, los vómitos y muchos otros síntomas. Estas lesiones se llaman “deterministas” porque son una consecuencia directamente predictible en función del nivel de radiactividad y el tiempo de exposición a ella. Ese hombre no es Vasily Ignatenko Todo esto son efectos que podemos ver en la serie, el verdadero problema es la forma en que se presentan. Podríamos hablar de los vómitos ridículamente aparatosos o de cómo el simple contacto con la ropa de los liquidadores enrojece al instante la mano de una enfermera, serían críticas legítimas sobre una realidad que ya fue lo bastante atroz como para que no necesite ninguna pizca de sal. ¿Acaso los síntomas de una tragedia así no eran lo bastante duros para los creadores de la serie? En cualquier caso, trataré en concreto un tema mucho más sangrante, la caracterización final de Ignatenko, uno de los bomberos que acudieron en primer lugar sin saber a qué se enfrentaban. Vasily Ignatenko se expuso a unos niveles de radiactividad verdaderamente altos y sin ningún tipo de protección especial, esto desencadenó la dermatitis por radiactividad que nos muestran al principio de su hospitalización, pero a medida que avanza la serie su aspecto empeora muy por encima de las lesiones esperables. No hablamos de una ligera exageración hablamos de una dolorosa caricatura de la ya de por sí terrible realidad. En su última escena, en la que su mujer le revela estar embarazada, Vasily está completamente cubierto de erosiones que exponen directamente sus músculos. Se trata de una escena que busca impactar, lo cual es bueno y hasta necesario

El MMS: O de cómo pegarle un poquito a la lejía no cura el autismo

Pinturas psicodélicas (Fotografía de Merlin Lightpainting)

El MMS: O de cómo pegarle un poquito a la lejía no cura el autismo Os presento a Jim Humble, el fundador de la iglesia Génesis II. Jim es un dios milenario de la galaxia Andrómeda y quiere darte un consejo: Bebe lejía, que te curará todos los males. Parece imposible que alguien pueda hacerle caso, pero lo cierto es que no son una ni dos las personas que han caído en las garras de Jim y su Solución Mineral Milagrosa. ¿Que cuál es el truco para vender esta locura? Es sencillo: ocultar las majaderías con testimonios inventados y palabras complejas. Ya no se habla casi de Solución Mineral Milagrosa, se habla de MMS, que suena más científico. Si se nombra a Jim es para contar cómo salvo de la malaria a sus compañeros de expedición. En plena Guyana les dio unas gotas del líquido que usaban para potabilizar el agua. Si esa cosa podía desinfectar el agua y somos mayormente agua… ¿por qué no iba a eliminar también al infecto parásito? Dicho así puede parecer razonable, pero se puede camuflar más. No es el mesías Todo depende de cómo te vendan el cuento, y en este caso, sus embajadores son fantásticos oradores. Quien controla el sector es Andreas Kalcker. Andreas parece un hombre serio y le suelen presentar como científico, no en vano tiene dos doctorados. Eso sí, dos doctorados en pseudociencias, obtenidos de una “universidad” que hace negocio vendiendo diplomas. En cualquier caso, Andreas es una persona perfectamente formada para encabezar la lucha por la popularización del MMS. Porque quién necesita a un profesional sanitario cuando tiene a un licenciado en economía. Bueno, ahora que conocemos el currículo de Andreas, ¿cómo defienden el uso de un blanqueante industrial para tratar “enfermedades” como el autismo? Lejía mal que les pese Lo primero que dirán es que no es lejía. El MMS está compuesto por clorito sódico y la lejía de tu casa de hipoclorito de sodio. Lo que Andreas parece no saber es lo que significa realmente “lejía”. Las lejías son sustancias altamente oxidantes, una propiedad que para los fanáticos del MMS es la clave de su eficacia. Para ser más exactos, el MMS viene en dos botes. Uno con el clorito de sódico muy diluido y otro con ácido cítrico. La idea es mezclar ambos haciendo que reaccionen, produciendo así dióxido de cloro. Según Andreas y sus seguidores, el dióxido de cloro es completamente inocuo, solo ataca a las células malas, que suelen ser ácidas en contraste a la naturaleza básica del MMS. La realidad es bien distinta. Ni las células malas son ácidas, ni ataca solo a estas, ni es inocuo. De hecho, el MMS es una sustancia cuya dosis tóxica es conocida y la recomendada por Andreas es 200 más alta (dependiendo de su vía de administración). Sus síntomas van desde náuseas y diarreas hasta insuficiencias renales o incluso la muerte. Decir que el MMS es inocuo es, en el mejor de los casos, ignorancia. Por otro lado, su eficacia como tratamiento ha sido desmentida por infinidad de estudios. En otras palabras: no es cierto que cure ni el sida, ni el ébola, ni el cáncer, ni la malaria ni nada de nada. Los vendedores de MMS agitan con frecuencia estudios que son inventados, malas interpretaciones o sencillamente investigaciones fraudulentas. Estudios hechos con instituciones que, en no pocos casos, juran no tener nada que ver con esta gente. Esta es la verdad sobre la fiebre del MMS, una verdad cruda y directa: no funciona, es tóxico y sus paladines no saben de lo que están hablando.   REFERENCIAS: Crowe, Jonathan, and Tony Bradshaw. Chemistry For The Biosciences. Oxford University Press, 2010. Flórez, Jesús. Farmacología Humana. Elsevier Masson, 2008. Hall, John E, and Arthur C Guyton. Tratado De Fisiología Médica. Elsevier, 2016. «A Study Of NP001 In Subjects With Amyotrophic Lateral Sclerosis (ALS) – Tabular View – Clinicaltrials.Gov». Clinicaltrials.Gov, 2020. 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En las entrañas del tiburón

Tiburón blanco nadando bajo el agua

En las entrañas del tiburón   Los primeros rayos de Sol ya bañaban la costa de la isla Guadalupe y algunos se las arreglaban para deslizarse bajo la superficie del agua. El mar estaba en calma y la luz se torcía dibujando cáusticas en la arena del fondo. Nadie podría sospechar que bajo la aparente tranquilidad de esa columna de agua estaba teniendo lugar el encuentro de dos tiburones blancos. Nadaban uno en torno al otro, curiosos, oliéndose, mirándose, midiendo sus fuerzas sin llegar a los dientes. Sin embargo, algo extraño ocurría. El más grande de los dos se movía con torpeza. Nadaba lento y le costaba maniobrar. El motivo estaba oculto bajo la piel del escualo. Entre sus aceradas costillas había un hombre, un hombre vivo, y ese hombre era Fabien Costeau. Toda la verdad Nuestro torpe tiburón se llamaba Troy, y para ser exactos no era un tiburón de verdad. Se trataba de un sofisticado trampantojo, un submarino con capacidad para una única persona. Fabien y su equipo llevaban meses diseñando la imitación perfecta. Cada pequeño detalle había sido pensado para engañar a otros tiburones y hacerles creer que Troy era uno de ellos. La forma de nadar, el movimiento de los ojos, la textura de la piel… Para Fabien el objetivo de Troy estaba claro, o al menos lo estaba ante la prensa. Toda esta puesta en escena buscaba demostrar que los tiburones no son las bestias sanguinarias que nos cuenta el mito. Desde que Fabien tiene memoria, su vida y su apellido han estado ligados al mar. A los cuatro años su padre Jean-Michel le enseñó a hacer snorkel. Ocho años después, con tan solo doce, ya formaba parte de la tripulación del Calypso, el barco de su abuelo, Jacques-Yves Costeau. El gran azul corre por sus venas y sabía que la mala fama de los tiburones era inmerecida. Fabien conocía tan bien como cualquier marino el truco que se esconde tras las fotos de tiburones hambrientos. Esas espectaculares imágenes cargadas de premios fotográficos donde un tiburón embiste a la cámara con las fauces abiertas. La gran mayoría de avistamientos de tiburones no son fortuitos, se buscan, y para ello hace falta atraerlos. La forma de llamar la atención de un tiburón es sencilla: carnaza, una mezcla de sangre, pescado y otros restos, que cumple la función de cebo. El gran olfato de los tiburones hace el resto y pronto llegan los primeros ejemplares, pero hay un problema, están hambrientos. De hecho, esta técnica es conocida como chumming y se considera peligrosa, ya que los tiburones podrían asociar la presencia humana con “la hora de comer”. Pero todavía podemos forzar más la situación. Por si un tiburón hambriento en pleno banquete no vende lo suficiente, también podemos hacerle perseguir un trozo de esa carnaza que venga directamente hacia nuestro objetivo. Mientras, el fotógrafo se encuentra protegido en una gran jaula metálica que perturba el entorno del tiburón. Salta a la vista que no importa cuan espectaculares sean las imágenes, hay algo de lo que desde luego carecen, y es realismo. Estas fotografías no representan el verdadero comportamiento de los tiburones y Fabien era consciente. Si queríamos verlos como realmente son cuando están a solas necesitábamos fotografiarles en secreto. Sin carnaza, sin señuelos, sin jaulas de metal, pero ¿cómo? La respuesta, sorprendentemente, parecía encontrarse en los cómics de un muchacho belga y su perro. Concretamente en El tesoro de Rackham el Rojo. En esta aventura, Tintín pilotaba un submarino con forma de tiburón, inventado por el profesor Silvestre Tornasol. Una idea comenzó a dar vueltas en la mente de Fabien: ¿Y si pudiera construir algo similar? Buscaba algo que le permitiera ocultarse de los tiburones a simple vista e incluso interactuar con ellos. Al fin podría mostrarle al público la verdadera personalidad de los escualos. 200.000 dólares de viaje submarino Podríamos decir que el sueño de Fabien rozaba el capricho, pero por suerte, la familia Costeau tenía el dinero y el prestigio mediático suficientes para satisfacer eso y mucho más. Moviendo los hilos adecuados Fabien consiguió formar un equipo de expertos que trabajarían para hacer realidad su idea. A la cabeza del proyecto puso a Eddie Paul, un ingeniero de primera línea de Hollywood. Eddie era la mezcla perfecta entre ciencia y efectismo que este equipo necesitaba, y pronto se pusieron manos a la obra. El trabajo avanzaba, pero desde luego no como estaba previsto. Lo que en un primer momento había prometido ser un trabajo de dos meses y 100.000 dólares llamado Sushi, terminó siendo Troy dos años y 200.000 dólares después. Sin embargo, y tras haber solucionado el enorme número de problemas técnicos que brotaban por doquier, el submarino al fin estaba listo. Troy medía 4,3 metros y pesaba 540 kilos, eso significaba que el espacio restante para Fabien era muy reducido. De hecho, tuvo que pilotarlo tumbado sobre su vientre y cargando a sus espaldas 36 kilos de botellas de aire que le daban una autonomía de seis horas y media. Si bien la falta de espacio era asfixiante, esto se compensaba con algo más importante, la seguridad. Fabien estaba doblemente protegido. En primer lugar, por una hilera de arcos metálicos de 5 cm de grosor dispuestos a modo de costillas. En segundo, extendiéndose sobre los arcos, había una suerte de piel hecha con un tejido flexible llamado Skinflex, usado en materiales prostéticos. El Skinflex estaba reforzado con una resina de policarbonato Lexan, un material a prueba de balas y por lo tanto a prueba de dientes. Incluso el color de Troy era un aspecto clave. La piel de un tiburón está diseñada para ocultarles a simple vista en lo que se llama mimetismo por contracoloración o ley de Thayer. No es un capricho que su vientre sea blanco y su dorso gris. Es un modo de confundirse con la superficie si los miras desde el fondo y con el fondo si los ves desde la superficie. Sin embargo, la seguridad y el