En las entrañas del tiburón

En las entrañas del tiburón Los primeros rayos de Sol ya bañaban la costa de la isla Guadalupe y algunos se las arreglaban para deslizarse bajo la superficie del agua. El mar estaba en calma y la luz se torcía dibujando cáusticas en la arena del fondo. Nadie podría sospechar que bajo la aparente tranquilidad de esa columna de agua estaba teniendo lugar el encuentro de dos tiburones blancos. Nadaban uno en torno al otro, curiosos, oliéndose, mirándose, midiendo sus fuerzas sin llegar a los dientes. Sin embargo, algo extraño ocurría. El más grande de los dos se movía con torpeza. Nadaba lento y le costaba maniobrar. El motivo estaba oculto bajo la piel del escualo. Entre sus aceradas costillas había un hombre, un hombre vivo, y ese hombre era Fabien Costeau. Toda la verdad Nuestro torpe tiburón se llamaba Troy, y para ser exactos no era un tiburón de verdad. Se trataba de un sofisticado trampantojo, un submarino con capacidad para una única persona. Fabien y su equipo llevaban meses diseñando la imitación perfecta. Cada pequeño detalle había sido pensado para engañar a otros tiburones y hacerles creer que Troy era uno de ellos. La forma de nadar, el movimiento de los ojos, la textura de la piel… Para Fabien el objetivo de Troy estaba claro, o al menos lo estaba ante la prensa. Toda esta puesta en escena buscaba demostrar que los tiburones no son las bestias sanguinarias que nos cuenta el mito. Desde que Fabien tiene memoria, su vida y su apellido han estado ligados al mar. A los cuatro años su padre Jean-Michel le enseñó a hacer snorkel. Ocho años después, con tan solo doce, ya formaba parte de la tripulación del Calypso, el barco de su abuelo, Jacques-Yves Costeau. El gran azul corre por sus venas y sabía que la mala fama de los tiburones era inmerecida. Fabien conocía tan bien como cualquier marino el truco que se esconde tras las fotos de tiburones hambrientos. Esas espectaculares imágenes cargadas de premios fotográficos donde un tiburón embiste a la cámara con las fauces abiertas. La gran mayoría de avistamientos de tiburones no son fortuitos, se buscan, y para ello hace falta atraerlos. La forma de llamar la atención de un tiburón es sencilla: carnaza, una mezcla de sangre, pescado y otros restos, que cumple la función de cebo. El gran olfato de los tiburones hace el resto y pronto llegan los primeros ejemplares, pero hay un problema, están hambrientos. De hecho, esta técnica es conocida como chumming y se considera peligrosa, ya que los tiburones podrían asociar la presencia humana con “la hora de comer”. Pero todavía podemos forzar más la situación. Por si un tiburón hambriento en pleno banquete no vende lo suficiente, también podemos hacerle perseguir un trozo de esa carnaza que venga directamente hacia nuestro objetivo. Mientras, el fotógrafo se encuentra protegido en una gran jaula metálica que perturba el entorno del tiburón. Salta a la vista que no importa cuan espectaculares sean las imágenes, hay algo de lo que desde luego carecen, y es realismo. Estas fotografías no representan el verdadero comportamiento de los tiburones y Fabien era consciente. Si queríamos verlos como realmente son cuando están a solas necesitábamos fotografiarles en secreto. Sin carnaza, sin señuelos, sin jaulas de metal, pero ¿cómo? La respuesta, sorprendentemente, parecía encontrarse en los cómics de un muchacho belga y su perro. Concretamente en El tesoro de Rackham el Rojo. En esta aventura, Tintín pilotaba un submarino con forma de tiburón, inventado por el profesor Silvestre Tornasol. Una idea comenzó a dar vueltas en la mente de Fabien: ¿Y si pudiera construir algo similar? Buscaba algo que le permitiera ocultarse de los tiburones a simple vista e incluso interactuar con ellos. Al fin podría mostrarle al público la verdadera personalidad de los escualos. 200.000 dólares de viaje submarino Podríamos decir que el sueño de Fabien rozaba el capricho, pero por suerte, la familia Costeau tenía el dinero y el prestigio mediático suficientes para satisfacer eso y mucho más. Moviendo los hilos adecuados Fabien consiguió formar un equipo de expertos que trabajarían para hacer realidad su idea. A la cabeza del proyecto puso a Eddie Paul, un ingeniero de primera línea de Hollywood. Eddie era la mezcla perfecta entre ciencia y efectismo que este equipo necesitaba, y pronto se pusieron manos a la obra. El trabajo avanzaba, pero desde luego no como estaba previsto. Lo que en un primer momento había prometido ser un trabajo de dos meses y 100.000 dólares llamado Sushi, terminó siendo Troy dos años y 200.000 dólares después. Sin embargo, y tras haber solucionado el enorme número de problemas técnicos que brotaban por doquier, el submarino al fin estaba listo. Troy medía 4,3 metros y pesaba 540 kilos, eso significaba que el espacio restante para Fabien era muy reducido. De hecho, tuvo que pilotarlo tumbado sobre su vientre y cargando a sus espaldas 36 kilos de botellas de aire que le daban una autonomía de seis horas y media. Si bien la falta de espacio era asfixiante, esto se compensaba con algo más importante, la seguridad. Fabien estaba doblemente protegido. En primer lugar, por una hilera de arcos metálicos de 5 cm de grosor dispuestos a modo de costillas. En segundo, extendiéndose sobre los arcos, había una suerte de piel hecha con un tejido flexible llamado Skinflex, usado en materiales prostéticos. El Skinflex estaba reforzado con una resina de policarbonato Lexan, un material a prueba de balas y por lo tanto a prueba de dientes. Incluso el color de Troy era un aspecto clave. La piel de un tiburón está diseñada para ocultarles a simple vista en lo que se llama mimetismo por contracoloración o ley de Thayer. No es un capricho que su vientre sea blanco y su dorso gris. Es un modo de confundirse con la superficie si los miras desde el fondo y con el fondo si los ves desde la superficie. Sin embargo, la seguridad y el